Formación para jóvenes en Mauritania: Aminata se sube a la excavadora.

miércoles, 08 de junio de 2016

Una densa nube de polvo rodea a los chicos. Aminatou Alassane Wane, de 24 años y nacida en Aleg (Mauritania), espera su turno impaciente. “Me gustan estas máquinas, un día vi por la tele a mujeres manejando excavadoras y tractores en un anuncio y pensé que eso podía ser lo mío”, asegura mientras se recoloca la melfa blanca con rayas negras bajo el casco amarillo. Desde el pasado mes de marzo, 40 jóvenes desempleados mauritanos procedentes del empobrecido sur del país están recibiendo una formación acelerada de seis meses para oficios relacionados con la construcción y mantenimiento de carreteras, un sector con enorme potencial de empleo. Una tercera parte son mujeres. “Si ellas pueden pilotar aviones, ¿por qué no van a conducir excavadoras?”, se pregunta Hawa Gueye, madre de Aminatou.

Las clases del curso de conducción de maquinaria pesada empezaron el pasado 7 de marzo en el Instituto Técnico de Nuakchot y combinan teoría y práctica. “Soy consciente de que es un oficio duro, que hay que trabajar en condiciones de viento, sol, calor, polvo, pero es que me encanta”, dice Aminatou, que se sube a una inmensa motoniveladora sin aparente esfuerzo. Para seguir las clases se ha tenido que trasladar a la capital, donde vive con parientes, pero los 75 euros mensuales que recibe durante los seis meses que dura el curso compensan el esfuerzo.

“Mi hija es valiente, respetuosa, educada, honesta y trabajadora. Y lo está demostrando”, asegura Hawa Gueye, madre de Aminatou y de otros dos chicos. Con los ingresos que genera la pequeña tienda que regenta en Aleg le da para ir tirando, pero que su hija pueda encontrar un trabajo decente es toda una bendición. “No para mí, sino para ella. Que pueda hacer su vida sin depender de nadie, que aproveche esta oportunidad”, asegura.

La formación que está recibiendo Aminatou es la primera piedra de un amplio proyecto de veinte escuelas taller puesto en marcha por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) con la financiación de 1,5 millones de euros de la Unión Europea (UE) y la colaboración del Gobierno mauritano que pretende formar y encontrar empleo a 400 jóvenes de este país que debe convivir con un paro estructural de en torno al 35%. Al mismo tiempo, el proyecto Chantier École,que así se llama, refuerza a unas 150 empresas con personal especializado y contribuye al desarrollo del país con la construcción o rehabilitación de 20 kilómetros de pistas rurales, que es donde los jóvenes harán sus prácticas.

“Los beneficios son múltiples”, asegura Federico Barroeta, responsable de la OIT en Mauritania, “en primer lugar rescatamos de la vulnerabilidad a personas que, tras la adecuada formación, se van a incorporar al mercado laboral. Es decir, mejoramos su empleabilidad. Además, hemos puesto el foco en las regiones porque el mundo rural está alejado de la oferta formativa, que se concentra en un 80% en Nuakchot y Nuadibú. Y, una vez formados, los chicos y chicas de Gorgol, Brakhna y otras regiones contribuirán a mejorar su propio entorno mediante la construcción o mejora de pistas. De esta manera, además de reforzar a las pymes, frenamos el éxodo rural en zonas de alta propensión migratoria porque es donde menos oportunidades locales hay”.

En el curso de conductor de maquinaria pesada toca la parte teórica. El profesor, Habiboulah Mahamadou, explica el funcionamiento de un motor y los alumnos le escuchan con atención. Bacary y Daouda Abdoulaye Marega son dos de ellos. Hermanos procedentes de Brakhna, el primero lleva tres años en el paro desde que la empresa china para la que trabajaba lo despidió mientras que Daouda, el más joven, nunca ha tenido un empleo. “Siempre me gustó este oficio, pero nunca tuve la oportunidad de aprenderlo”, dice Bacary con una sonrisa. Sabe que no va a tener problemas para trabajar una vez termine este curso de seis meses. “Estoy dispuesto a ir donde me llamen”, añade.

Como taxista en el cruce de Aleg, Mohamed Al Vatre podía ganar en un día bueno unos cinco euros. Una vez que acabe el curso y realice las prácticas en una de las obras pedagógicas previstas por la OIT va a cuadriplicar sus ingresos con facilidad. El dinero es una motivación, pero también la certeza de tener un trabajo decente. Seyed Bacar, jefe de trabajos del Instituto Técnico de Nuakchot, destaca el esfuerzo que están haciendo estos jóvenes vulnerables y que, hasta ahora, eran difícilmente empleables. “En poco tiempo tendrán su certificado de competencias homologado y podrán contribuir al desarrollo de este país y al suyo propio”.

El panorama no es alentador. Cada año, 36.000 mauritanos intentan hacerse un hueco en el mercado laboral y sólo lo consiguen 16.000. Nuakchot se ha conseguido en una ciudad de aluvión a la que sigue llegando población del interior a la búsqueda de un trabajo que muchos no encuentran. El 70% de la economía es informal y el subempleo campa a sus anchas. Está claro que algo falla. “Nuestra formación profesional no está adecuada al mercado de trabajo, está pasada de moda”, asegura Abdoullaye Diop, director de la Agencia Nacional de Promoción de Empleo Juvenil en Nuakchot, “además hay un problema de mentalidad, mucha gente piensa que no tiene valor y por eso es el último recurso para gente que ha fracasado en otros campos, existe una mentalidad poco favorable al trabajo manual. Un mal añadido es que nuestro sector privado es poco dinámico y que el sistema fiscal no estimula las inversiones”.

El empresario Idrissa Abdoulaye Ba corrobora las palabras de Diop. Tras emigrar a España y Portugal, en 2009 regresó a Mauritania y creó Noloc, una pequeña empresa de construcción que cuenta con seis trabajadores fijos y puede llegar hasta una veintena en función de las obras en marcha. “Es complicado mantener una empresa como esta”, asegura, “los costes son altísimos entre la carga fiscal, la Seguridad Social, los materiales. Si estás con todo en regla te arruinas, no recibimos ningún apoyo”.

En la Escuela Nacional de Trabajos Públicos de Aleg ha terminado ya la parte teórica del curso de ayudante topógrafo organizado por la OIT. Aichatu Ahmedar se asoma al visor del teodolito y marca la altura con destreza. Instantes después, se agacha para enterrar una marca y sujeta la mira estadimétrica bien clavada en el suelo. No se le escapa ningún detalle. A sus 23 años, es la alumna más aventajada. Sueña con empezar a trabajar cuanto antes, pero aún le faltan cuatro meses de prácticas para obtener su certificado de competencias y acceder al mercado laboral.

Lo intentó varias veces sin éxito. No ha sido fácil para una joven que pronto tuvo que dejar los estudios y ponerse a ayudar a su madre. “Lo he intentado todo, pero no me salía nada”, asegura. Y la vida seguía su camino. Casada hace unos meses y embarazada de su primer hijo, este curso es su primera gran oportunidad. “La experiencia está siendo muy intensa. Necesito crear mi propio hogar con mi marido”. Él sigue en el paro.

De momento vive en una humilde casa con su madre, Rokhaya Mohamed, que de contenta apenas la deja hablar. “Nunca lo dudamos. Una mujer puede hacer los mismos trabajos que un hombre, la única diferencia es que nosotras podemos parir. Antes Aichatu se pasaba todo el día en casa sin nada que hacer o paseando por la ciudad, ahora está aprendiendo un oficio. El trabajo es duro, pero ella puede con eso y con más”, concluye.

Hasta ahora, Mohamed Saw había hecho algún trabajito de mecánica aquí y allá. Nada serio, todo precariedad. Cuando un amigo le habló del curso de ayudantes topógrafos no se lo pensó dos veces y presentó su candidatura. De 27 años y natural de Monguel, en el Gorgol, asiste cada día a clase y se prepara para encontrar su primer empleo decente. Hoy es día de cobro. Los 20 alumnos que asisten al curso, once chicas, nueve chicos, reciben, en este caso, una ayuda de 50 euros mensual que les permite centrarse en su formación. El dinero lo reciben en una cuenta que se les ha abierto en una entidad de microfinanzas, para muchos su primer contacto con el sistema financiero. “Es un oficio interesante, me está gustando mucho. En cuanto tenga un mínimo de estabilidad me gustaría casarme con mi novia y empezar una vida diferente”, dice Saw.

A su lado, Mukhtere Boubacar, de 33 años, asiente con la cabeza. Divorciada y con tres hijos, explica que al principio le pareció complicado “pero ahora me resulta más fácil. Quiero demostrar que las mujeres podemos hacerlo igual que los hombres”. Para Maulima Mint Mohamed El Abd, casada y con dos hijos, la cosa está clara. Antes era profesora de árabe en Nuakchot, pero tuvo que volver a su casa en Aleg por razones familiares, donde su madre le ayuda con los pequeños. “Necesito encontrar un trabajo digno de su nombre y ayudar a mi familia”.

La gran presencia de mujeres entre los candidatos a ayudante topógrafo o en los otros cursos que ya prepara la OIT en especialidades hasta ahora copadas por hombres, como obrero especializado, peón caminero, encofrador u obrero polivalente, apunta a un cambio incipiente en la sociedad mauritana que este organismo de Naciones Unidas quiere estimular. “Los hombres jóvenes que viven en las regiones se van a trabajar a Nuakchot y otros lugares, pero las mujeres se quedan en situación de vulnerabilidad. En el actual contexto de crisis económica, con los precios de las materias primas por los suelos, el Estado ha tenido que recortar en gasto social. Y las mujeres están decididas a buscarse sus propios ingresos”, explica Mohamed Ould Tabu, secretario general de la Escuela de Trabajos Públicos de Aleg.

A José Antonio Sabadell, embajador de la UE en Mauritania, le gusta el proyecto Chantier École. “La UE está trabajando con el Gobierno mauritano sobre la base de tres prioridades, la buena gobernanza, la seguridad alimentaria y la salud. Pero todos estos temas tienen al empleo como eje transversal, que es el mecanismo más importante en la lucha contra la pobreza. Este proyecto de escuelas taller nos gusta especialmente porque incide en el empleo a través de la formación. Hay cientos de miles de jóvenes que no tienen trabajo, esto no es abstracto, no tenemos mucho tiempo”.

El tiempo del que habla Sabadell es un factor clave. Los 400 jóvenes que van a pasar por el proyecto Chantier École se forman en sólo seis meses, mientras que en la FP necesitan al menos dos años. Yao Kouamé, técnico de la OIT en África occidental, explica que esta iniciativa se enmarca en la estrategia HIMO (Alta Intensidad de Mano de Obra). “Es un método que se usa en países en desarrollo de Asia y África para optimizar la mano de obra y recursos locales. A más empleo, menos pobreza. Mandela dijo que hay que trabajar con los hombres y eso pretendemos, aprovechar la fuerza de trabajo de las personas vulnerables en su propio beneficio. Una vez que se forman pueden acceder más fácilmente al mercado laboral, el componente de formación es esencial”.


Fuente: ElPais.es



 

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