¿Qué opina Alemania del ‘Brexit’?

martes, 31 de mayo de 2016

Cuando, en febrero de 2014, Angela Merkel se dirigió a las dos cámaras del Parlamento de Reino Unido, demostró poseer un don que rara vez exhibe en público, pero que domina en los círculos restringidos: un humor áspero, francamente británico. Por una parte, se lamentaba Merkel ante la congregación de senadores y diputados, se suponía que estaba allí para presentar la gran agenda de reformas europea. Por otra, se esperaba de ella que hiciese ver a los británicos los límites de sus exigencias. Así pues, afirmaba, se encontraba entre la espada y la pared, “una posición no precisamente cómoda; al menos, no para la canciller alemana”. El Parlamento gruñó complacido: una canciller alemana entre la espada y la pared. Qué imagen tan grata para algunos.

Merkel no ha podido acabar de librarse de esa posición incómoda. A pocas semanas de que los británicos decidan sobre su permanencia en la Unión Europea o su salida de ella, en su fuero interno tiene que estar en plena efervescencia, pero la sensatez le impide revolver el avispero británico y hacer un alegato a favor de la Unión antes del referéndum.

 

La jefa del Gobierno tendría razones de sobra para ello, ya que a ningún otro país de Europa le perjudicaría la salida de Reino Unido tanto como a Alemania. El amor alemán por Gran Bretaña no se puede reducir a simples datos comerciales o a las reglas del mercado. Ante una posible retirada británica de la Unión Europea, Alemania, simple y llanamente, se lo juega todo.

 

En Berlín, el Gobierno federal opina que la salida de Reino Unido pondría en cuestión nada menos que al conjunto de la Unión Europea. La fuerza centrífuga que ya está en marcha se aceleraría drásticamente, y otros países empezarían a coquetear con la idea de marcharse o, como mínimo, de obtener condiciones especiales en la comunidad. Sobre todo, aumentaría la confianza del coro cada vez más nutrido de detractores del euro y de la Unión Europea, en particular los de la derecha de la propia Alemania. En resumidas cuentas: la salida británica desencadenaría un movimiento fatal y transmitiría una imagen de una comunidad débil y nada atractiva en proceso de autodestrucción, imagen que al Gobierno federal no le gustaría dar, en especial a Rusia o a China.

 

Para un país que ha vinculado nada menos que su razón de ser a la Unión Europea, y que ha fundado su razón de Estado y su sentido histórico en la Comunidad, la salida de la Unión del tercer país más grande sería un golpe fatal. “La Unión Europea forma parte integrante del ADN de la Alemania posterior a la guerra”, declaraba un alto cargo en Berlín. Y con ese ADN no se pueden hacer experimentos.

 

Además de los grandes intereses históricos y estratégicos, los alemanes tiene un motivo táctico totalmente banal para desear estar seguros de tener a los británicos de su parte. Y es que, si no es así, se van a quedar aislados. Por mucho que los políticos federales hagan los votos más sagrados por la amistad francoalemana y el llamado Eje, sin Londres, Berlín estaría solo en la mesa de negociaciones de Bruselas. Un funcionario de la capital alemana ha dicho de los británicos que son “hermanos del alma” de los que no le gustaría prescindir en el póquer de Bruselas. Ya se trate de libre comercio, política económica, subvenciones, legislación antimonopolio o política fiscal, Berlín tiene muchos más puntos en común con Londres que prácticamente con cualquier otro país de la UE. Tanto en materia de digitalización como de servicios, mercado interior o liberalización, a menudo son los británicos los que fuerzan la marcha y, en consecuencia, actúan como un mecanismo de apertura de puertas para el Gobierno federal. Y es que la experiencia de los últimos años con una Alemania cada vez más fuerte enseña que las iniciativas que parten de Berlín se rechazan casi por principio. Alemania necesita aliados para situar convenientemente sus intereses.

 

Los representantes del Gobierno alemán también comparten con los británicos la aspiración de la Unión Europea a formar parte del mundo como una comunidad a la altura de los gigantes económicos estadounidense y chino. Si Gran Bretaña se separase de esa comunidad, Europa se orientaría otra vez hacia sí misma, ahora con más fuerza, y se volvería más estatista, proteccionista y mezquina.

 

Así que, allí están, en Berlín, contemplando desalentados el agitado panorama político de la isla. Seguramente no se puede hacer mucho. Cuando se pregunta por Gran Bretaña, el Ministerio de Asuntos Exteriores se esfuerza por destruir los mitos, asegurando que tras una posible salida no habrá renegociaciones, y que tampoco habrá excepciones para el mercado interior. Suena un poco a táctica disuasoria. Y para los que preguntan por el amor de Alemania por los británicos, ahí está el discurso de la canciller de febrero de 2014.

Fuente: internacional.elpais.com

ALR

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